
Flor...
Parecía como un racimo de sol. No creáis exagerado, el llamar Flor a esta bella criatura; tenía el pelo ensortijado, la boca menuda, ojos chispeantes, radiantes de alegría. Era una niña corriente, pero con tan gran simpatía y tal hechizo emanaba de su alma, que le hacía parecer con indefinible belleza.
Flor con sus ochos años jubilosos vivía con la tía Torila, y la feísima Toril, era como su madre fea, pero no en su exterior, peor aún en su interior. Esta tía Torila, no tenía parentesco alguno con la niña de nuestra historia, la recogió cuando se quedó huérfana de padre y madre, llevada por la avaricia, pues Flor poseía bastante fortuna, y un huerto donde frutas y legumbres, se criaban solitas, bajo la mirada de la lluvia y el sol.
Tanto esta especie de tía Torila y su hija Toril, no hacían para nada la vida fácil a Flor, porque eran de esas personas que nada más... saben hacer daño llevadas por su envidia y maldad. Sólo les interesaba la fortuna de Flor, para nada les decía y preocupaba su persona, a pesar de que vivían de ella, Flor, tenía que hacer todas las labores de la casa, no solamente limpiarla, también lavaba, planchaba y hacía la comida, mientras estas dos brujas, se pasaban el día mano sobre mano.
Figuraos la vida de Flor entre estos dos seres. Pero la niña era valiente y pocas veces asomaban las lágrimas a sus ojos. Ni el trato, la pobreza, los golpes de ambas, conseguían más que hacerle reír y cantar. De pronto la tía Torila dijo:
- Oye chicuela. ¿Hoy no piensas trabajar?
Flor quedóse mirando muy abiertos sus ojos claros, pues jamás le daban un minuto de reposo.
- Pues ya lo sabes, diablillo de chiquilla - dijo zarandeándola.
- En esta tierra caduca el que no trabaja no manduca.
- ¡A la calle! Gritó Toril.
A Flor, no le importaban, para nada, el comportamiento de madre e hija, al contrario se apiadaba de ellas, y pensaba con buen criterio, que estaban enfermas, sólo así, podía entender el comportamiento de ambas, y siempre devolvía bien por maldad, para ver si de esta forma tanto madre e hija se darían cuenta alguna vez, que no era forma de conducirse y cambiaban en su actitud, pero este día se entristeció, estaba nevando y a dónde iría... Habia en el pueblo una señora que vivía sola, a los que todos apreciaban en la villa, y a donde iba todos los días en escapadas, Flor, pero no se le pasó por la cabeza ir a la casa de tan gran persona, y decirle lo que le había acontecido.
Ese día estaba nevando era finales de Diciembre, se abrigó bien, se fue, y cuando iba cavilando... se cruzó con un anciano, que iba cargado con un gran haz de leña, se apiadó de él, porque lo veía muy mayor, y tomando el haz de leña se lo cargó a sus espaldas, hasta llegar al hogar de aquel buen hombre, lo que no sabía Flor que el anciano era un mago, y aún sabiendo de la bondad de la niña, no es que la pusiese a prueba, era que le iba a conceder un deseo, y prefirió valerse de esta manera. Llegados ambos al hogar del buen hombre, éste le contó que era un mago, y que sabía por todo lo que había pasado, y como había sido tan gentil, al hacerse cargo de lo mayor que era, cargar con la leña, le iba a conceder un deseo, en ese momento, Flor, abrió mucho sus ojos claros, y sin pensarlo dos veces, le pidió que le regalase flores, porque a su amiga del alma, una dama muy buena, le encantaban, tanto era así, que en la villa la llamaban doña Primavera. Al mago no le extrañó nada la petición de Flor, porque lo sabía todo de ella, y le regaló un gran ramito de violetas, las flores preferidas de doña Primavera. Se despidieron, y entonces, sí, Flor fue rauda y veloz a casa de doña Primavera.
¿Qué aconteció? Lo que tenía que suceder: Flor le contó toda la peripecia vivida a doña Primavera, y ésta la acurrucó entre sus brazos, y le dijo a la linda niña:
- Desde hoy, no estás sola en este mundo, hace tiempo que venía pensando en hacerme cargo de ti, y hoy con mucho más motivo, porque el mago te concedió un deseo, no pensasté en ti, sino en mí... nada de extrañar por lo buena que eres, por lo tanto de ahora en adelante vas a vivir conmigo, te voy a adoptar, voy a ser tu madre... y a esa especie de tía Torila y su hija Toril, les va a llegar su castigo, porque se van a encargar de ellas, las autoridades competentes...
Ambas se fundieron, en un gran abrazo, y ahora madre e hija viven en alegría y amor.
Colorín colorado este cuento se ha acabado.













